lunes, mayo 21, 2007

Especial: ESTUVIMOS CON EL PAPA EN BRASIL!

Delegación peruana en Brasil




En La Aparecida con Mariana (de polo blanco) amiga brasilera. Sábado 12 de Mayo de 2007




Con amigas argentinas. En primer plano Kusy (de rojo) y Alexia (de casaca ploma)





Mariana, Teffy y Greta conamigas chilenas camino a La Aparecida







En el campo de Marte, 11 de Mayo de 2007




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Los temas claves de la visita del Papa a Brasil



ROMA, domingo, 27 mayo 2007 (ZENIT.org).- Brasil, como anunció Benedicto XVI al llegar a Sao Paulo el 9 de mayo, tiene un lugar especial en su corazón. El Papa explicó que el motivo es que se trata del país con el mayor número de católicos y por su potencial que da alegría y esperanza a la Iglesia.


Durante su primer viaje a las Américas, el Pontífice trató muchos temas importantes en sus discursos y homilías. Algunos de ellos iban más dirigidos a Brasil, pero muchos de los puntos planteados tenían implicaciones para la Iglesia en general.


La evangelización, una tarea urgente


Benedicto XVI mencionó repetidamente la necesidad de que la Iglesia esté imbuida de una actitud misionera. En su breve discurso al llegar a Brasil, el Papa comentó que la Iglesia tiene un “profundo compromiso con la misión evangelizadora, al servicio de la causa de la paz y de la justicia” (No. 3).El Santo Padre volvió a tocar el tema en su discurso a los 400 obispos, reunidos el 11 de mayo para las vísperas en la catedral de Sao Paulo. Dios desea que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, observó. “Esta, y no otra, es la finalidad de la Iglesia: la salvación de las almas, una a una” (No. 2).


De ahí que sea una necesidad urgente instruir a las personas en la fe y celebrar los sacramentos. De hecho, al explicar el porqué tantos han abandonado la Iglesia Benedicto XVI sostenía que: “Parece claro que la causa principal de este problema, entre otras, se puede atribuir a la falta de una evangelización en la que Cristo y su Iglesia estén en el centro de toda explicación” (No. 3).En general, observaba, las personas más vulnerables al proselitismo de las sectas, e incapaces de resistir las embestidas del secularismo y el relativismo, son generalmente los bautizados no suficientemente evangelizados.



El Papa animaba a los obispos a poner en práctica un plan pastoral que busque y haga volver a aquellos católicos que abandonaron la Iglesia, o tienen poco conocimiento de Cristo.



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En la Plaza da Sé.



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Cristo Salvador




El 13 de mayo, Benedicto XVI dio el discurso inaugural de la V Conferencia General del Episcopado latinoamericano y del Caribe, reunida en el Santuario de Aparecida. En sus comentarios introductorias el Papa hacía notar que el continente cuenta con una rica cultura cristiana, cinco siglos después del comienzo de la evangelización, pero, al mismo tiempo, se enfrenta a graves desafíos.



Un punto interesante subrayado por el Pontífice fue la llegada de la fe cristiana a la región. Este evento significa la llegada de Cristo, que las gentes que vivían en aquellas naciones habían estado buscando, sin lograrlo, en sus tradiciones religiosas locales. “Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente”, indicaba el Papa (No. 1).



Visto desde esta perspectiva, “el anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña”, indicaba.



En cuanto a los desafíos que tienen que tener en cuenta los obispos, el Santo Padre mencionó la globalización. Esta trae consigo beneficios, observó, pero al mismo tiempo comporta el riesgo de que las prioridades económicas dominen la sociedad. La globalización, como otras actividades, debe guiarse por la ética, exhortaba el Papa.


También habló de los avances hacia la democracia alcanzados en los países de América latina y el Caribe. Todavía hay, sin embargo, algunos regímenes que siguen ideologías que no se corresponden con la visión cristiana del hombre y de la sociedad.Debemos evitar el error, insistía el Pontífice, de considerar los bienes materiales como la única realidad de nuestras vidas. Este es el error cometido en el último siglo tanto por el sistema marxista como por el capitalista. “Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano” (No. 3).


Parte de su discurso lo dedicó a lo que el Papa ve como prioridades para la renovación de la Iglesia. A este respecto mencionó la familia, el papel de los sacerdotes y religiosos, y la misión confiada a los laicos.En sus palabras, Benedicto XVI refirió cómo la región es denominada el continente de la esperanza. También auguró que pudiera convertirse en el continente del amor. Una aspiración compartida sin duda por muchos.


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En el estadio de Pacaembú: Encuentro con los jóvenes



Así lució el Pacaembú la noche del 10 de Mayo. Era de noche cuando llegó el Papa después de una larga pero feliz espera.




Antes de la llegada al Estadio de Pacaembú para el encuentro del Papa con los jóvenes. En la foto con algunos chicos brasileños.



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Discurso de Benedicto XVI a los jóvenes




¡Queridos jóvenes! ¡Queridos amigos y amigas!



«Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres […] luego ven, y sígueme.» (Mt 19,21).1. He deseado ardientemente encontrarme con vosotros en éste mi primer viaje a América Latina.




Vine a inaugurar la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano que, por deseo mío, va a realizarse en Aparecida, aquí en Brasil, en el Santuario de Nuestra Señora. Ella nos coloca a los pies de Jesús para aprender sus lecciones sobre el Reino e impulsarnos a ser sus misioneros, para que los pueblos de este “Continente de la Esperanza” tengan, en Él, vida plena.Vuestros Obispos de Brasil, en su Asamblea General del año pasado, reflexionaron sobre el tema de la evangelización de la juventud y colocaron en vuestras manos un documento.


Pidieron que fuese acogido y perfeccionado por vosotros durante todo el año. En esta última Asamblea retomaron el asunto, enriquecido con vuestra colaboración, y anhelan que las ponderaciones hechas y las orientaciones propuestas sirvan como incentivo y faro para vuestro caminar. Las palabras del Arzobispo de Sao Paulo y del encargado de la Pastoral de la Juventud, las cuales agradezco, bien testifican el espíritu que os mueve a todos.



Ayer por la tarde, al sobrevolar el territorio brasileño, pensaba ya en éste nuestro encuentro en el Estadio de Pacaembu, con el deseo de daros un gran abrazo bien brasileño, y manifestar los sentimientos que llevo en lo íntimo del corazón y que a propósito, el Evangelio de hoy nos quiso indicar.Siempre he experimentado una alegría muy especial en estos encuentros.


Recuerdo particularmente la Vigésima Jornada Mundial de la Juventud, que tuve la ocasión de presidir hace dos años atrás en Alemania. ¡Algunos de los que están aquí también estuvieron allá! Es un recuerdo conmovedor, por los abundantes frutos de la gracia enviados por el Señor. Y no queda la menor duda que el primer fruto, entre muchos, que pude constatar fue el de la fraternidad ejemplar que hubo entre todos, como demostración evidente de la perenne vitalidad de la Iglesia por todo el mundo.

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El orgullo de portar el emblema patrio por las calles de un país amigo! (camino a Pacaembú)


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2. Pues bien, queridos amigos, estoy seguro de que hoy se renuevan las mismas impresiones de aquel mi encuentro en Alemania. En 1991, el Siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, decía, a su paso por Mato Grosso (Brasil), que los “jóvenes son los primeros protagonistas del tercer milenio [...] son ustedes quienes van a trazar los rumbos de esta nueva etapa de la humanidad” (Discurso 16/10/1991).



Hoy, me siento movido a hacerles idéntica observación.El Señor aprecia, sin duda, vuestra vivencia cristiana en las numerosas comunidades parroquiales y en las pequeñas comunidades eclesiales, en las Universidades, Colegios y Escuelas y, especialmente, en las calles y en los ambientes de trabajo de las ciudades y de los campos; se trata, sin embargo, de ir adelante.


Nunca podemos decir basta, pues la caridad de Dios es infinita y el Señor nos pide, o mejor, nos exige ensanchar nuestros corazones para que en ellos quepa siempre más amor, más bondad, más comprensión por nuestros semejantes y por los problemas que envuelven no sólo la convivencia humana, sino también la efectiva preservación y conservación de la naturaleza, de la cual todos hacemos parte. “Nuestros bosques tienen más vida”: no dejéis que se apague esta llama de esperanza que vuestro Himno Nacional pone en vuestros labios.


La devastación ambiental de la Amazonía y las amenazas a la dignidad humana de sus poblaciones requieren un mayor compromiso en los más diversos espacios de acción que la sociedad viene pidiendo.


Caluroso recibimiento por parte de los brasileros a la delegación peruana. Romina en primer plano.
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La pequeña pero aguerrida mancha roja no pasó desapercibida para la Prensa (entrevista con AMÉRICA TELEVISIÓN Y O GLOBO (estadio de Pacaembú)



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3. Hoy quiero con vosotros reflexionar sobre el texto de San Mateo (19, 16-22), que acabamos de oír. Habla de un joven. Él vino corriendo al encuentro de Jesús, merece que se destaque su ansia. En este joven veo a todos vosotros, jóvenes de Brasil y de América Latina. Vinisteis corriendo de diversas regiones de este Continente para nuestro encuentro; queréis oír, por la voz del Papa, las palabras del propio Jesús.Como en el Evangelio, tenéis una pregunta importante que hacerle. Es la misma del joven que vino corriendo al encuentro de Jesús: ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?


Me gustaría profundizar con vosotros esta pregunta. Se trata de la vida, la vida que, en vosotros, es exuberante y bella. ¿Qué hacer con ella? ¿Cómo vivirla plenamente? Pronto entendemos, en la formulación de la propia pregunta, que no basta el aquí y ahora, o sea, nosotros no conseguimos delimitar nuestra vida al espacio y al tiempo, por más que pretendamos extender sus horizontes. La vida os trasciende. En otras palabras, queremos vivir y no morir. Sentimos que algo nos revela que la vida es eterna y que es necesario empeñarnos para que esto acontezca. En otras palabras, ella está en nuestras manos y depende, de algún modo, de nuestra decisión.


La pregunta del Evangelio no contempla sólo el futuro. No se trata sólo de lo qué pasará después de la muerte. Hay, por el contrario, un compromiso con el presente aquí y ahora, que debe garantizar autenticidad y consecuentemente el futuro. En una palabra, la pregunta cuestiona el sentido de la vida. Puede por eso formularse así: ¿qué debo hacer para que mi vida tenga sentido? O sea: ¿cómo debo vivir para cosechar plenamente los frutos de la vida? O más aún: ¿qué debo hacer para que mi vida no transcurra inútilmente?


Jesús es el único capaz de darnos una respuesta, porque es el único que puede garantizar la vida eterna. Por eso también es el único que consigue mostrar el sentido de la vida presente y darle un contenido de plenitud.


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Un encuentro inesperado con Mariana Tapia, peruana amiga nuestra residente en Argentina ("¡Alcancé a ver la bandera y vine corriendo!")


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4. Sin embargo, antes de dar su respuesta, Jesús cuestiona al joven con una pregunta muy importante: "¿Por qué me llamas bueno?" En esta pregunta se encuentra la clave de la respuesta. Aquel joven percibió qué Jesús es bueno y que es maestro. Un maestro que no engaña. Estamos aquí porque tenemos esta misma convicción: Jesús es bueno. Quizás no sabemos toda la razón de esta percepción, pero es cierto que ella nos aproxima a Él y nos abre a su enseñanza: un maestro bueno. Quien reconoce el bien es señal que ama, y quien ama, en la feliz expresión de San Juan, conoce a Dios (cf.1Jn 4,7). El joven del Evangelio tuvo una percepción de Dios en Jesucristo.


Jesús nos garantiza que solo Dios es bueno. Estar abierto a la bondad significa acoger a Dios. Así nos invita a ver a Dios en todas las cosas y en todos los acontecimientos, inclusive ahí donde la mayoría solo ve la ausencia de Dios; viendo la belleza de las criaturas y constatando la bondad presente en todas ellas, es imposible no creer en Dios y no hacer una experiencia de su presencia salvífica y consoladora. Si lográsemos ver todo el bien que existe en el mundo y, más aún, experimentar el bien que proviene del propio Dios, no cesaríamos jamás de aproximarnos a Él, de alabarlo y agradecerle. Él continuamente nos llena de alegría y de bienes. Su alegría es nuestra fuerza.


Pero nosotros no conocemos sino de forma parcial. Para percibir el bien necesitamos de auxilios, que la Iglesia nos proporciona en muchas oportunidades, principalmente por la catequesis. Jesús mismo explicita lo que es bueno para nosotros, dándonos su primera catequesis. «si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos » (Mt 19,17). Él parte del conocimiento que el joven ya obtuvo ciertamente de su familia y de la Sinagoga: de hecho, conoce los mandamientos. Ellos conducen a la vida, lo que equivale a decir que ellos nos garantizan autenticidad. Son los grandes indicadores que nos señalan el camino cierto. Quien observa los mandamientos está en el camino de Dios.


No basta conocerlos. El testimonio vale más que la ciencia, o sea, es la propia ciencia aplicada. No nos son impuestos desde afuera, ni disminuyen nuestra libertad. Por el contrario: constituyen impulsos internos vigorosos, que nos llevan a actuar en esta dirección. En su base está la gracia y la naturaleza, que no nos dejan inmóviles. Necesitamos caminar. Nos impulsan a hacer algo para realizarnos nosotros mismos. Realizarse, a través de la acción es volverse real. Nosotros somos, en gran parte, a partir de nuestra juventud, lo que nosotros queremos ser. Somos, por así decir, obra de nuestras manos.


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El momento más esperado: ¡la entrada del Papa! .... después de 6 horas de divertida espera.



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5. En este momento me dirijo nuevamente a vosotros jóvenes, queriendo oír también de vosotros la respuesta del joven del Evangelio: "todo esto lo he observado desde mi juventud". El joven del Evangelio era bueno, observaba los mandamientos, estaba pues en el camino de Dios, por eso Jesús lo miró con amor. Al reconocer que Jesús era bueno, dio testimonio de que también él era bueno. Tenía una experiencia de la bondad y por tanto, de Dios. Y vosotros, jóvenes de Brasil y de América Latina ¿ya descubristeis lo que es bueno? ¿Seguís los mandamientos del Señor? ¿Descubristeis que éste es el verdadero y único camino hacia la felicidad?Los años que estáis viviendo son los años que preparan vuestro futuro. El “mañana” depende mucho de cómo estéis viviendo el “hoy” de la juventud. Ante los ojos, mis queridos jóvenes, tenéis una vida que deseamos que sea larga; pero es una sola, es única: no la dejéis pasar en vano, no la desperdiciéis. Vivid con entusiasmo, con alegría, pero, sobretodo, con sentido de responsabilidad.


Muchas veces sentimos temblar nuestros corazones de pastores, constatando la situación de nuestro tiempo. Oímos hablar de los miedos de la juventud de hoy. Nos revelan un enorme déficit de esperanza: miedo de morir, en un momento en que la vida se está abriendo y busca encontrar el propio camino de realización; miedo de sobrar, por no descubrir el sentido de la vida; y miedo de quedar desconectado delante de la deslumbrante rapidez de los acontecimientos y de las comunicaciones.Registramos el alto índice de muertes entre los jóvenes, la amenaza de la violencia, la deplorable proliferación de las drogas que sacude hasta la raíz más profunda a la juventud de hoy, se habla por eso, a menudo de una juventud perdida.


Pero mirándoos a vosotros, jóvenes aquí presentes, que irradiáis alegría y entusiasmo, asumo la mirada de Jesús: una mirada de amor y confianza, con la certeza de que vosotros habéis encontrado el verdadero camino. Sois jóvenes de la Iglesia, por eso yo os envío para la gran misión de evangelizar a los jóvenes y a las jóvenes que andan errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sed los apóstoles de los jóvenes, invitadles a que vengan con vosotros, a que hagan la misma experiencia de fe, de esperanza y de amor; se encuentren con Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena posibilidad de realizarse.


Que también ellos y ellas descubran los caminos seguros de los Mandamientos y por ellos lleguen hasta Dios.Podéis ser protagonistas de una sociedad nueva si buscáis poner en práctica una vivencia real inspirada en los valores morales universales, pero también un empeño personal de formación humana y espiritual de vital importancia. Un hombre o una mujer no preparados para los desafíos reales de una correcta interpretación de la vida cristiana de su medio ambiente será presa fácil de todos los asaltos del materialismo y del laicismo, cada vez más activos a todos los niveles.


Sed hombres y mujeres libres y responsables; haced de la familia un foco irradiador de paz y de alegría; sed promotores de la vida, desde el inicio hasta su final natural; amparad a los ancianos, pues ellos merecen respeto y admiración por el bien que os hicieron. El Papa también espera que los jóvenes busquen santificar su trabajo, haciéndolo con capacidad técnica y con laboriosidad, para contribuir al progreso de todos sus hermanos y para iluminar con la luz del Verbo todas las actividades humanas (cf. Lumen Gentium, N. 36). Pero, sobretodo, el Papa espera que sepan ser protagonistas de una sociedad más justa y más fraterna, cumpliendo las obligaciones ante al Estado: respetando sus leyes; no dejándose llevar por el odio y por la violencia; siendo ejemplo de conducta cristiana en el ambiente profesional y social, distinguiéndose por la honestidad en las relaciones sociales y profesionales. Tengan en cuenta que la ambición desmedida de riqueza y de poder lleva a la corrupción personal y ajena; no existen motivos para hacer prevalecer las propias aspiraciones humanas, sean ellas económicas o políticas, con el fraude y el engaño.




El Papa estaba feliz! ...y no era para menos, el estadio estaba abarrotado y miles no lograron ingresar. Lo importante, sin embargo, era estar allí para escucharlo y apoyarlo con nuestra presencia.


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En definitiva, existe un inmenso panorama de acción en el cual las cuestiones de orden social, económico y político adquieren un particular relieve, siempre que tengan su fuente de inspiración en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia. La construcción de una sociedad más justa y solidaria, reconciliada y pacífica; la contención de la violencia y las iniciativas que promuevan la vida plena, el orden democrático y el bien común y, especialmente, aquellas que llevan a eliminar ciertas discriminaciones existentes en las sociedades latinoamericanas y no son motivo de exclusión, sino de recíproco enriquecimiento.Tened, sobretodo, un gran respeto por la institución del Sacramento del Matrimonio. No podrá haber verdadera felicidad en los hogares si, al mismo tiempo, no hay fidelidad entre los esposos. El matrimonio es una institución de derecho natural, que fue elevado por Cristo a la dignidad de Sacramento; es un gran don que Dios hizo a la humanidad, Respetadlo, veneradlo. Al mismo tiempo, Dios os llama a respetaros también en el enamoramiento y en el noviazgo, pues la vida conyugal que, por disposición divina, está destinada a los casados es solamente fuente de felicidad y de paz en la medida en la que sepáis hacer de la castidad, dentro y fuera del matrimonio, un baluarte de vuestras esperanzas futuras. Repito aquí para todos vosotros que “el eros quiere remontarnos ‘en éxtasis’ hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación” ( “Deus caritas est”, [25/12/2005], N. 5). En pocas palabras, requiere espíritu de sacrificio y de renuncia por un bien mayor, que es precisamente el amor de Dios sobre todas las cosas. Buscad resistir con fortaleza a las insidias del mal existente en muchos ambientes, que os lleva a una vida disoluta, paradójicamente vacía, al hacer perder el bien precioso de vuestra libertad y de vuestra verdadera felicidad. El amor verdadero “buscará cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará ‘ser para’ el otro” (Ib. N. 7) y, por eso, será siempre más fiel, indisoluble y fecundo.


Para ello, contáis con la ayuda de Jesucristo que, con su gracia, hará esto posible (cf. MT 19,26). La vida de fe y de oración os conducirá por los caminos de la intimidad con Dios, y de la comprensión de la grandeza de los planes que Él tiene para cada uno. “Por amor del reino de los cielos” (ib., 12), algunos son llamados a una entrega total y definitiva, para consagrarse a Dios en la vida religiosa, “eximio don de la gracia”, como fue definido por el Concilio Vaticano II (Decreto “Perfectae caritatis”, n.12).


Los consagrados que se entregan totalmente a Dios, bajo la moción del Espíritu Santo, participan en la misión de Iglesia, testimoniando la esperanza en el Reino celeste ante todos los hombres. Por eso, bendigo e invoco la protección divina a todos los religiosos que dentro de la mies del Señor se dedican a Cristo y a los hermanos. Las personas consagradas merecen, verdaderamente, la gratitud de la comunidad eclesial: monjes y monjas, contemplativos y contemplativas, religiosos y religiosas dedicados a las obras de apostolado, miembros de institutos seculares y de las sociedades de vida apostólica, eremitas y vírgenes consagradas. “Su existencia da testimonio del amor a Cristo cuando ellos se encaminan por su seguimiento, tal como éste se propone en el Evangelio y, con íntima alegría, asumen el mismo estilo de vida que Él escogió para Sí” (Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica: Instrucción “Caminar desde Cristo”, N. 5).


Espero que, en este momento de gracia y de profunda comunión en Cristo, el Espíritu Santo despierte en el corazón de tantos jóvenes un amor apasionado en el seguimiento e imitación de Jesucristo casto, pobre y obediente, dirigido completamente a la gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas.


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El Papa dió la vuelta al estadio y quiso también estar a los que no habían podido ingresar



6. El Evangelio nos asegura que aquel joven, que vino corriendo al encuentro de Jesús, era muy rico. Entendemos esta riqueza no apenas en el plano material, la propia juventud es una riqueza singular. Es necesario descubrirla y valorarla. Jesús le dio tal valor que invitó a este joven a participar de su misión de salvación. Tenía todas las condiciones para una gran realización y una gran obra.


Pero el Evangelio nos refiere que ese joven se entristeció con la invitación. Se alejó abatido y triste. Este episodio nos hace reflexionar una vez más sobre la riqueza de la juventud. No se trata, en primer lugar, de bienes materiales, sino de la propia vida, con los valores inherentes a la juventud. Proviene de una doble herencia: la vida, transmitida de generación en generación, en cuyo origen primero está Dios, lleno de sabiduría y de amor; y la educación que nos inserta en la cultura, a tal punto que, en cierto sentido, podemos decir que somos más hijos de la cultura y por eso de la fe, que de la naturaleza. De la vida brota la libertad que, sobretodo en esta fase se manifiesta como responsabilidad. Es el gran momento de la decisión, en una doble opción: una en cuanto al estado de vida y otra en cuanto a la profesión.



Responde a la cuestión: ¿qué hacer con la vida?


En otras palabras, la juventud se muestra como una riqueza porque lleva al descubrimiento de la vida como un don y como una tarea. El joven del Evangelio percibió la riqueza de su juventud. Fue hasta Jesús, el Buen Maestro, a buscar una orientación. Pero a la hora de la gran opción no tuvo coraje de apostar todo en Jesucristo. Consecuentemente salió de allí triste y abatido. Es lo que pasa cada vez que nuestras decisiones flaquean y se vuelven mezquinas e interesadas. Sintió que faltó generosidad, lo que no le permitió una realización plena. Se cerró sobre su riqueza, tornándola egoísta.Jesús sintió mucho la tristeza y la mezquindad del joven que lo fue a buscar.


Los Apóstoles, como todos y todos vosotros hoy, rellenan esta laguna dejada por aquel joven que se retiró triste y abatido. Ellos y nosotros estamos alegres porque sabemos en quién creemos (2 Tim 1,12). Sabemos y damos testimonio con nuestra propia vida de que solo Él tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68). Por eso, como San Pablo, podemos exclamar: "estad siempre alegres en el Señor" (Fil 4,4).



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